• Teresa T. Rodríguez
  • Opinión
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Parte I

(lo visible)

 

El brexit primero, Trump después, ahora Cataluña, algo en común aflora de forma indistinta en estos tiempos oscuros. La libertad de pensamiento se ve que es más frágil que la libertad de expresión. Sobrepasada por el tropel de voces e inmediatez informativa actual, se comporta como una apisonadora que lo devora todo sin distinción. Que el lenguaje ha sido sepultado en una sombría senda de desenfreno y mal uso sistemático, no hay duda. Son los peligros por nombrar mal las cosas.

Como ya ocurrió con el brexit o después vino a suceder con Trump, Cataluña padece gravemente por la falta de un relato fundamentado no sobre la opinión, sino sobre la verdad (sin post). La farsa interesadamente generada por los Pujol Ferrusola, esa de un “pueblo oprimido” en permanente lucha irredenta contra un “Estado represor”, sería un ejemplo perfecto del daño irreparable que pueden causar las palabras mal usadas. En ellas se pueden seguir determinadas posiciones de interés sobre determinadas secuencias de la reciente historia de Cataluña, a las que se las despojó interesadamente de su verdad. Sobre esa misma proclamada falsedad, el independentismo mantiene en estos momentos la falaz abstracción del pueblo por encima incluso del parlamento elegido democráticamente en Cataluña.

Siguiendo con las palabras, si no fuera parte indisoluble de su oligarquía más negra, como buen liberal atento, el Sr. Mas podía haber sido una expresión manifiesta de esos admirables valores de la libertad y de la igualdad. Lástima que el 3% lo desacredite a él y a todos los que estuvieron y consintieron el saqueo institucionalizado de esa Cataluña real, no la soñada, que lo más arraigado del independentismo de ERC y la CUP ahora incomprensiblemente obvian.

¿Qué decir, por su parte, de la ambigüedad manifiesta y perfectamente calculada del nada insurrecto Sr. Puigdemont? Como estrategia, Puigdemont mantendrá esa narrativa de la incertidumbre, mientras pueda sostenerse su vaguedad en esa incomprensible coalición parlamentaria pro-independencia, creada no casualmente entre los liberales oligarcas del sector conservador catalán, que han gobernado y saqueado Cataluña desde el inicio de la democracia, los republicanos de izquierdas, beneficiarios directos en votos, tras el hundimiento de esa burguesía corrupta, y un inesperado movimiento antisistema, que arriba por sorpresa en el ámbito parlamentario, como consecuencia de la profunda crisis en la que todavía nos encontramos.

Ese irregular magma, altamente inflamable, conforma una mayoría parlamentaria simple que difícilmente hubiera ofrecido mucha estabilidad para gobernar a largo plazo, por lo que esa coalición no fue pensada para eso. Política y socialmente, sin embargo, su mayoría simple es insuficiente para ejecutar una DUI que resulte legítima, en términos democráticos. Prueba suficiente es que, para escenificar una declaración y simultánea suspensión de república independiente, la coalición tuvo que quebrantar el orden legal vigente, rompiendo con los procedimientos, funcionamientos y con la representación legítima del propio parlamento catalán.

Todos hemos visto lo que ha devenido tras ese quebramiento. La sociedad se encuentra atrapada en una dinámica expansiva de balcanización altamente peligrosa. Esa es la tensión social extensiva e insostenible de fuerzas encontradas, como reflejan los medios. Una incomprensión mutua, que deriva en una presión de fuerza, seguida por enormes simplismos que provocan errores mutuos gravísimos.

Esa angustiosa escalada en el delirante juego de las tensiones y de las equivocaciones, sin embargo, no lo agrieta la cordura. Se rompe de manera drástica, e inesperadamente, por el lado del capital, en el momento en el que comienza la fuga de empresas, holdings, consorcios, bancos, en el momento en el que aparecen a gran escala las “cuentas espejo”, etc. Todo ese miedo condensado ha sido emitido en directo por televisión.

 

Parte II

(por qué la cosa pinta realmente mal)

 

Por ahí iba el artículo, hasta que el sábado, cuando la plana mayor de las Instituciones Europeas, en la entrega de los premios Princesa de Asturias, manifestaron un inequívoco apoyo al orden constitucional vigente. Al día siguiente, el 155, sin más dilación, fue activado. Aunque es legal su aplicación, ya sea en grado proporcional, moderado o como se estime, deja abierta una puerta a lo desconocido, cuyas consecuencias pueden ser impredecibles.

Pregunto, sin embargo, ¿terminará el 155 con la incertidumbre? ¿El horizonte de unas elecciones se dirime como una solución para reduciría? Unas elecciones serian una solución reductora de la incertidumbre, si el lenguaje no hubiera sido mancillado y si el nombrar las cosas fuera el ejercicio certero y cabal que debiera ser. Veamos por qué no lo es.

Unas elecciones en Cataluña dibujarían un mapa representativo prácticamente igual al que ya existe. Seguiríamos en lo mismo, por tanto. Seguimos en los mismo porque, partícipes de lo exclusivo y de las ortodoxias que los sitúan por encina de los demás, todavía instalados en ese imaginario de poder, buena parte de la élite burguesa catalana ya no es capaz de reflexionar sobre su sentido real en el mundo.

Por mucho que les incomode el asunto, a lo largo de todos estos años de democracia, la instrumentalización del saberanismo ha permitido a la burguesía catalana no tener que correr excesivos riesgos para servir a sus intereses de clase. Con un control total de las instituciones públicas, el Pujolismo y la institucionalización del 3% han sido el paradigma de la abrumadora ambigüedad de ese estatus dominante o de esa ortodoxia oficial de clase que los favorecía a ellos y subordinaba a los otros. Línea secuencial, que es como un ruido, en la que sigue Puigdemont que, curiosamente, debería haber desarmado y atacado virulentamente esa “extraña” coalición parlamentaria que ahora lo sustenta.

No deja de ser curioso que no lo hayan hecho, porque hoy esa élite burguesa ya no se encuentra en la tesitura protectora pujolista, ajena al riesgo. En plena deriva, por tanto, destapado el abrumador y sistemático saqueo, revelada la profunda decadencia política y moral de una estirpe que ha sido emblema de un bienestar consentidamente parasitado, ya no basta con cambiarle las siglas al partido. De Convergencia al PDeCAT, lo cierto es que la pérdida real del poder de esa élite burguesa catalana es una evidencia inflamada que no resolverán ni la aplicación del 155, ni la convocatoria de nuevas elecciones, ni siquiera una supuesta proclamación de independencia.

¿Dónde estamos, por tanto? Desde el punto de vista de la huida de un electorado manifiestamente desencantado por la corrupción, se necesitaba a un Puigdemont incendiario, ni generoso, ni ecuánime, sino sacrificable. Escudero ferviente de un Mas en la sombra, al que se le ve demasiado, no fue designado por su partido para otra cosa más que para distraer y, para hacerlo, nada mejor que agitar la arena política, confundiéndolo todo en un “supuesto” derecho a decidir un sí o un no, al que ERC y la CUP se apuntarían, como si con esa respuesta se dirimiera todo.

Puede que no estemos en una democracia perfecta, pero es una democracia. En democracia, la ley es el marco esencial y su aplicación no es un disparate. No obstante, como salida real a todo este galimatías asfixiante, cabe la duda de si será suficiente, si esa aplicación no corre en paralelo con el empeño por una Reforma Constitucional real, que precisaría tiempo, presencia de todas las voces y, sobre todo, un marco general de un uso del lenguaje cabal, para que las cosas no sean llamadas de otra manera, como ocurre en estos precisos momentos.

Es esta incierta y equívoca fractura en la que estamos, no es la ley la que nos debiera recordar que la realidad social y política diversa de lo que es este país precisa de un relato veraz que nos comprenda a todos fecundamente, incluyendo en su seno hasta el vigoroso imaginario que tienen los sueños sobre esa Arcadia feliz, esa magnífica utopía que el Sr. Junqueras ha transformado en una simpleza tan absurda y ridícula como esa supuesta “república catalana independiente de las buenas personas”.

Siendo indispensable como hecho y como argumento, ¿puede la ley por si sola procurarnos un relato capaz de desmantelar la locura nada gratuita que se ha desatado? Mal pinta lo de Cataluña, si seguimos enturbiándolo todo con en el mal uso de la palabra.

Si seguimos equivocándolo interesadamente con ellas, tendremos que oír en chirriantes titulares lo de una “España franquista, opresora y gris”, o leer que Serrat ha sido tachado de fascista, seguiremos en que el Sr. Rajoy tiene que hacer cosas que no le gustan, en el nuevo despropósito que planteaban las palabras del Sr. Mas hace unos días, en una radio, al declarar: “la independencia no es la única forma de proclamar una república”, seguiremos en las proclamas, como la que ahora mantiene Podemos, esgrimiendo un supuesto bloque monárquico contra una España democrática. Seguiremos, en definitiva, en lo febril que, además de muchas otras cosas peligrosas, agota los nervios.

¿De verdad que vamos a seguir en esta delirante Babel, saltando una y otra vez en el mismo laberinto?

Teresa T. Rodríguez

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