• Juan Alonso Sánchez
  • Opinión
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No es una mala costumbre asumir lo que se dice. Apechugar es un verbo de conjugación infrecuente que suena a castellano en desuso, y que encuentra contrapartida en el refranero también siempreviejo: “tirar las piedras y esconder las manos”, tan universal y tan español al mismo tiempo. También es bueno, sin embargo, poder decir lo que se piensa sin miedo a tener que asumir mucho más que la réplica o el argumento de un oponente.

 

En los últimos meses estamos siendo testigos de varios esperpentos nacionales al amparo de algunas normas legales, que están siendo utilizadas por colectivos justicieros de ideología extrema -Manos Limpias, Centro Jurídico Tomás Moro, Asociación Projusticia y un largo etcétera-, para convertir expresiones poco lúcidas (es cierto), en casos de enaltecimiento del terrorismo o incitación a la violencia. Manda güevos que un colectivo tan dudosamente democrático y amistoso como la Asociación de Amigos del Valle de los Caídos denuncie al Gran Wyoming (El Intermedio), por incitar al odio con un mal chiste.

 

En el río revuelto en que vivimos no faltan pescadores de la ganancia inquisitorial. Nunca les faltará tampoco a ellos un juez de manga estrecha y ecuanimidad imposible para los asuntos de libertad de conciencia y opinión; tampoco la víctima propiciatoria de alguna Cassandra atolondrada, o la rebeldía tardopunky de unos titiriteros de cachiporra en Tetuán. Matonismo de abogacía y acusación particular en estado puro, imposible sin la cobertura legal de los gobiernos que gobiernan y los partidos que legislan, dicho sea de paso.

 

Hay que reconocer que las nuevas tecnologías han engrasado y engrosado el fenómeno. Hoy es más posible que nunca lanzar exabruptos virales sin el filtro moderador de los editores de medios. Youtubers impostados, twitteros con éxito presidencial en los Estados Unidos, trolls al servicio de sectarismos partidistas diciendo su mala baba y sus barbaridades en nombre de la libertad de expresión, entendida a la más pueril de las maneras, sin sentido alguno de la responsabilidad que conlleva decir algo.

 

Uno es ejemplo de pocas cosas, pero no recuerdo haberme visto jamás en el apuro de reivindicar mi propia libertad de expresión por decir lo que he creído conveniente en cada ocasión. Será por mi naturaleza inofensiva, seguramente, por lo que nadie se ha visto amenazado cuando he dicho esta boca es mía; pero no será por haber callado cuando y donde pudiera dar motivos para la controversia, tal que en este medio público.

 

Poco ayuda la mucha potencia sin buenos frenos, o algo así decía un anuncio de coches hace unos años. No es menor el riesgo de accidente cuando se hace uso de la libertad particular de expresión de modo pendenciero, ofensivo y falto de autocontrol. Si crees que puedes disparar y luego hacer las preguntas; si entiendes que puedes ser libre sin pensar ni responder, te equivocas. Democrática y proporcionadamente, apechuga.

Juan Alonso Sánchez

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