• Teresa T. Rodríguez
  • Opinión
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¡Qué triste, y lo que todavía queda por ver!… Urdiendo una narrativa de asalto, promoviendo una reconquista a la inversa, desde el Guadalquivir y más allá de Despeñaperros, a todos los nortes posibles, la Sra. Susana Díaz se postula como costurera. ¿De verdad alguien piensa y se cree en estos momentos que el problema del Psoe se va a resolver cosiendo?

El Sr. Borrell se aparta de esa metáfora absurda, declarando hoy mismo, en la Cadena Ser, que el golpe ha sido chusco. “Golpe” y “chusco”, ambos términos manifiestan unas honduras bien diferentes. En realidad, ¿se resuelve el dilema del Psoe con la mera destitución por golpe consumado contra el Sr. Sánchez y la ejecutiva del partido? Más importante aún, dada la situación trágica en la que ya hace tiempo que se encuentran los discursos y las narrativas del partido, ¿de verdad pretenden movilizar las voluntades, confundiendo de esa manera las conciencias?

El motín y cacería programada al Sr. Sánchez consuma el delirio de los que se han apoderado de la realidad organizacional del partido, nefastamente aislada de su entorno. Ese es un mal difícilmente curable, hilvanando. Por eso el verbo “coser”, en este caso, no sugiere algo redentor. Únicamente pone sobre la mesa la gran envergadura del poder: un “golpe” siempre es un trabajo de autoría urdido.

¿Y ahora qué? Una vez ejecutado el asalto a la fortaleza, el dilema del Psoe sigue ahí. Filosóficamente, los dilemas se caracterizan por su no solución. Espoleado el Sr. Sánchez, no por eso deja de estar sobre la mesa la controvertida cuestión: ¿Abstenerse o terceras elecciones? Cualquiera de esos dos caminos acarrea unas consecuencias devastadoras.

Ninguna de las dos es una solución viable para el Psoe. Ninguna de las dos es un mal menor; nunca el mal es un mal menor, como decía Karl Kraus. Las consecuencias de abstenerse o ir a unas terceras elecciones son igualmente las de ser arrollados sin misericordia por la fuerza mayor de las urnas.

Una tesis con la que se argumenta, pero sobre la que no se argumenta, es cómo ha llegado el Partido Socialista a su fatídico momento “dilema-socialdemócrata”, en el que se instala sin más desde el instante en el que el bipartidismo se quiebra. Sin mayorías absolutas, en un Parlamento representativo, los pactos son obligados; para pactar, posicionarse y definirse son esenciales.

La falta de claridad en la definición y la grieta en la narrativa del posicionamiento han resultado desgarradoras y sorprendes, agravadas aún más porque se ha ido prolongado inútil y erráticamente en el tiempo esa indeterminación en forma de insolvencia negadora. No es extraño. Estamos ante uno de los peores “no”, formulados a diestra y siniestra, en la historia política de este país: por su parvedad, no es insólito que terminara por alcanzar un grado no solo de“no solución”a nada, es que con él el Psoe lo único que ha exteriorizado es su propio drama interno.

En este país hace tiempo que la crítica ha sido sustituida por el comentario de la situación. Es evidente, sin embargo, que ese errante e incongruente compás del Sr. Sánchez no ha sido del todo ajeno al ejercicio y concentración del poder en el seno del Psoe y al hecho de que ese poder se ha sustraído al destino de acompañar la transformación diaria del suelo bajo sus pies.

Ese alejamiento enfatiza y encuadra la crisis profunda que vive el Psoe en estos momentos; una crisis de credibilidad en el discurso y en las decisiones de poder que tampoco es ajena a la espinosa situación de la socialdemocracia en toda Europa; una socialdemocracia que estaría en otra tesitura, si no hubiera aceptado en la década de los noventa sumarse a los valores de la economía, contribuyendo así a destruir desde entonces los fundamentos filosóficos del propio Estado de bienestar.

En ese sentido, la dinámica de perder votos en las elecciones, que se confirma con el Sr. Sánchez, no es sino la consecuencia de que algo mucho más grave le ha venido pasando al socialismo a lo largo de estos años y que tiene mucho que ver con la perdida completamente de la capacidad de romper con esa apariencia de unanimidad que constituye lo esencial de la fuerza simbólica del discurso dominante que mantiene en pie al neoliberalismo.

En este punto, esa respuesta por negación e imperativos funcionales de fuerza y asalto, en el caso del Psoe, no indica más que la propia deriva interna de un poder ensimismado, que marcha ajeno al contexto.

De hecho, es la militancia la que, atónita, pide explicaciones. No obstante, el poder suele creer que no se precisan argumentos para urdir conspiraciones o que todos los argumentos sirven por igual. El poder cocina las traiciones; hasta las sirve frías; el poder plantea los “golpes” y los ejecuta; el poder provoca el horror y siembra lágrimas en los demás, enfría o caldea las aguas, pero el poder, cuando actúa sin escrúpulos, termina siendo humo tóxico para quien lo ejecuta con abuso. La misma ventaja en su ejercicio, en realidad, anuncia el desenlace. Ya se sabe, “quien a hierro mata, a hierro muere”.

Visto desde fuera, es una lástima que el Psoe ahora mismo solo funcione con humo, en clave interna y en clave de asedio y pespunte. Perdida la música, en los próximos años, se desvelarán las retóricas vacías del “golpe” de fuerza ejecutado, generándose también la posibilidad de nuevos “golpes” y nuevas “traiciones” por venir.

¡Qué lástima, porque la política no está para esto! Como en el sustrato de otros muchos hundimientos, “cuando casi todo el mundo comenta ya en el calor de lo privado lo que todavía no se puede decir abiertamente en el fragor de lo público”, mal lo va a tener la Sra. Susana Díaz, por más que se afane cosiendo, incluso con hilos mágicos, y mal lo van a tener los que encumbran el hilado. Por utilizar una metáfora que parece adecuarse al caso: “no se puede consagrar al escritor y asesinar la literatura”.

El Psoe no es que no sea fuerte, es que está perdido. El neoliberalismo se presenta con la apariencia de la inevitabilidad: ¡o nosotros o los bárbaros!, mientras lo que realmente está en juego es la conquista de la democracia contra la tecnocracia y el economicismo imperante, donde el Partido Socialista, en España y en Europa, debería jugar un papel imprescindible en la articulación de una respuesta digna y un conocimiento más respetuoso de las personas y de las realidades a las que se enfrentan.

Entre eso y coser, mucho me temo, hay una gran diferencia.

Teresa T. Rodríguez

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