• Teresa T. Rodríguez
  • Opinión
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La crisis ha puesto un enorme foco en el hoy. El hoy lo ha hecho sobre el ayer y eso le ha dado a la vida política española una nueva iluminación que antes nunca tuvo. Si no fuera por eso, no hubiera llegado a la conclusión que el Sr. Rajoy es la personificación misma del error del aficionado a las novelas históricas. Tampoco hubiera reparado en que ese mismo error es el imaginativo blindaje que protege y da solidez al Sr. Rajoy, aunque solo veamos crecer a su alrededor corrupción e infinidad de chapuzas políticas.

El error del aficionado a las noveles históricas consiste en disfrutar o padecer sin riesgo con los terribles escándalos del pasado. Si os dais cuenta, todo lo que sucede en el Partido Popular siempre se vuelve pasado, aunque ocurra ayer mismo. El último caso que afecta al Sr. Soria evidencia eso y clarifica una vez la curiosa envoltura protectora gracias a la cual el Sr. Rajoy nunca sabe nada y nunca es responsable de nada. Todo lo que acontece en su partido es ajeno a él y es pasado. “Pasado, pasado está”. No tiene consecuencias sobre el presente.

Para que ese ejercicio de desconexión del tiempo sea verisímil, la imagen del Sr. Rajoy ha de corresponderse con la apariencia de un líder blando que, sin embargo, está rodeado o asediado, según se considere, por dos clases de personas: los abnegados incondicionales, que se inmolan y sacrifican por lealtad al Partido, nunca al Sr. Rajoy, incluso por dos veces, como el caso del Sr. Soria, o las malas hierbas, que han crecido vorazmente en el seno del Partido, al margen de su cándido liderazgo, y cuyo destino fatal es terminar en la cárcel y desfilando por los juzgados con el estigma de los apestados.

¡Quien lo haga, que lo pague!, como si con esa consigna disciplinaria, políticamente, se terminara todo. El Partido Popular es ahora mismo el bien y el mal en estado puro, en un formato de corrupciones enriquecidas de recuerdos y pesadillas sin riesgos para el Sr. Rajoy. Sus desventuras y hazañas al frente del Partido Popular son las de no enterarse de nada y las de no saber nada, mientras preside un gobierno y un partido. Visto así, es que se le puede votar hasta por lástima. ¡Pobre Sr. Rajoy!

¿Cómo es posible, sin embargo, que la situación sea políticamente gravísima e insostenible en su Partido y que el Sr. Rajoy resulte tan cándido y sin responsabilidad alguna? El caso del Sr. Soria confirma su blindaje. Si todo va a más, el Sr. De Guindos será el siguiente sacrificado. Se trata que no lo sea nunca el Sr. Rajoy.

Centrémonos en el Sr. Soria. De él sabíamos que ha mantenido fielmente su posicionamiento ideológico y su lealtad al Partido Popular durante años. Esa es la versión oficial, pero se podría presentar de otra forma. En los últimos años, El Sr. Soria no es que haya sido exactamente fiel al Partido, sino al Sr. Rajoy, que es el Partido.

Razón más que suficiente, como le ha sucedido a los demás caídos, para que el Sr. Soria esperase también que el Sr. Rajoy no lo abandone. En eso estaba el Sr. De Guindos, como mano extensible de un líder ajeno, en su intento de mandarlo a dedo a un organismo internacional. Con la miel en los labios se ha debido quedar el Sr. Soria. Su segundo y desdichado acatamiento y renuncia nos recuerda al bueno de Pedro, que negó tres veces. Si la comparativa se cumple, al Sr. Soria todavía le resta una última y obligada renuncia para conseguir mantenerse ahí.

El artificio que monta el Sr. De Guindos para el Sr. Soria ratifica, además, esa textura confortable del oficio asegurado. Gracias al fallido intento de enchufe, ahora sabemos también que el Sr. Soria pertenece al cuerpo de los altos funcionarios del Estado. Como tal, sin embargo, solo ha trabajado cinco años. Pobre bagaje ese para un funcionario de carrera. El resto de su adjudicada vida laboral hay que buscarla en sus diferentes cargos públicos.

Sin duda, una vida es lo que uno hace de ella. En este caso, el Sr. Soria ha hecho oficio de la política, pero se ve que no virtud. Desde que su nombre aparece en los llamados “papeles de Panamá”, vinculado a una cuenta libre de impuestos, su carrera como servidor público termina. No podía ser de otra manera. No demuestra mucha probidad quien tiene dinero en un paraíso fiscal y pertenece a un gobierno que, se supone, persigue cualquier forma fraude. Ser responsable público y tener dinero fuera, para no tributar aquí, como poco, es una bribonada.  

Desautorizado públicamente, desde ese momento, su oficio de político o su larga vida laboral arden por combustión espontánea. Por eso insistía el Sr. De Guindos que lo del Sr. Soria no era un puesto político, sino administrativo. Administrativo o no, eso ya es irrelevante. Los cálculos mundanos y las maquinaciones financieras, de un día para otro, dilapidaron el kilométrico equipaje de hombre público del Sr. Soria. Los paraísos fiscales procuran un refugio seguro al dinero, pero no a la moral.

Así llegó su primera renuncia. Lo reseñable de aquel caso, sin embargo, no fueron sus pintorescas explicaciones o su no explicarse, sino cómo el Sr. Soria, en cuestión de días, al ser obligado a dimitir, pasa del oficio al sacrifico. Se ve que el Sr. Rajoy, que nunca sabe nada, es muy amigo, sin embargo, de los gestos públicos. Los ofrece y tampoco los olvida. En esa ocasión no abrazó al Sr. Soria, ni le mandó un mensaje de apoyo o consuelo. Tampoco le profirió en público agasajos, tras su renuncia.

Cuando pasa la tempestad, vuelve la calma. Poco más se supo del Sr. Soria, salvo que siguió cobrando legítimamente a cargo los restos que le quedaban de su pasada condición de hombre público. Hasta que vuelve su nombre a la actualidad con este último escándalo o intento manifiesto de enchufismo. Ahora descubrimos que su nombramiento no gravita exactamente sobre el peso mismo del mérito personal del Sr. Soria, como sobre el calor confortable que procuran las viejas amistades, como la que mantiene con el Sr. De Guindos y, cómo no, con el propio Sr, Rajoy, siempre el último eslabón de todos; siempre ajeno. Tampoco en esta ocasión sabía nada el Sr. Rajoy.

Se permite no saberlo, claro, porque el Sr. de Guindos se ha convertido ahora en el nuevo cortafuego para el Sr. Rajoy. Con de Guindos el circuito del imaginativo blindaje del Sr. Rajoy vuelve de nuevo a estar cerrado. ¡Ay, el Sr. Rajoy! No me digan que su imaginativo blindaje no da para pensar en las noveles de intriga o en las narraciones históricas, llenas de convulsiones, y él contemplando los acontecimientos sin ningún riesgo, como el buen lector sentado cómodamente en el sofá de su casa.

Todas las pistas llevan siempre al Sr. Rajoy. Pero ahí está el virtuoso circuito de sacrificados y apestados, sin que, políticamente, se pueda apostillar su responsabilidad. Solo permanece a la vista un dualismo purificador y novelesco. Rato, Bárcenas, Camps, Rus, Fabra, Granados, Correa, Matas y muy pronto lo será Rita, son ya apestados.

La palabra “apestado” constituye otro cortafuego verbal con el que se blinda el Sr. Rajoy, como si el líder que también los encumbró y que gobernó y dirigió el Partido en una época de desastres públicos no fuera profesionalmente responsable. Pero no, el Sr. Rajoy, el milagro Rajoy, no es otro que la socarrona habilidad de administrar sin riesgos un liderazgo asediado por gravísimas corrupciones y risibles chapuzas.

Teresa T. Rodríguez

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