• Teresa T. Rodríguez
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Jean Baudrillard denominaba como “polución psíquica” a la suma de pensamientos neuróticos que producen o producimos permanentemente los millones de individuos que componemos una sociedad. Es una acumulación que contamina y nos daña tanto como lo puede hacer la polución ambiental.

En la suma actual, no negareis, Trump es un agente altamente contaminante. Según él, los mexicanos les roban el trabajo a los americanos; los grandes medios de su país solo producen mentiras; Obama pinchó su teléfono, espiándolo; los chinos saquean las ideas industriales de los americanos o los europeos vivimos seguros, aprovechándonos de los americanos porque, según él, nos salen gratis los gastos de una defensa que únicamente sufragan ellos.

No sé por qué, al escribir ese cúmulo de pensamientos neuróticos, me he acordado de Sadam Husein y su curiosa afición por la pesca con granadas. Tal vez, tratándose del poder, intentar discernir la delgada línea que debe separar una personalidad socio-patica de la de un neurótico no sea la cuestión más relevante, puesto que ambas extensiones, en mayor o menor grado, albergan delirios y, por tanto, resultan por igual altamente peligrosas.

Ahí está el líder norcoreano que ejecuta generales, familiares, amigos y enemigos por razones suscritas a su personalidad, algo que no solo genera sorpresa, también provoca una alarma mundial, dado que su intransferible socio-patia, orientada al exterior, viene acompañada por una casi infantil afición por los misiles balísticos en combinación con unas reiteradas demostraciones de fuerza; hoy, que comienzo el artículo, ha vuelto a lanzar al mar de Japón cuatro de esos misiles.

Desde la geopolítica, por lo menos, las anomalías psíquicas son un asunto que no tranquiliza, porque no estamos libres de sufrir las consecuencias de las personalidades socio-paticas, como ocurre con corea del Norte. En las democracias, como evidencia Trump, tampoco estamos ya a salvo de las neurosis, ni siquiera de las manías que, en cuanto al poder, de una u otra forma, siempre terminan siendo algoritmos de la barbarie.

Rebajando el grado, aunque no por eso los niveles de riesgo, también aquí tenemos ejemplos claros de neurosis. Pensemos por un momento en ese nacionalismo que tanto nos empantana la mente. ¿Qué se puede decir del programa que ha emitido la televisión pública vasca, acrisolándonos a los españoles como fachas, chonis, progres o paletos? ¿A que no se puede ser más certero? Geográficamente, al menos, supone un alivio saber que la cuestión no es peninsular porque, se ve, en eso no tienen afectación los portugueses. Aunque vivan al lado, es posible visitarlos sin que las autoridades portuguesas tengan que establecer un cordón sanitario fronterizo, porque esos agentes patógenos o contaminantes en cuestión son selectivos a la hora de cruzar los territorios y solo aquejan y consumen a los “españoles”.

¿Qué decir, a su vez, de esa polución psíquica del nacionalismo catalán y de esos delirios ventosos coincidentes en el mismo empeño por explicar el pasado y el presente en términos sospechosamente consoladores, reconfortantes y solo “comunes” para quienes se alimentan de él?

Si no lo es en Cataluña, porque las nubes contaminantes viajan, por lo tanto, ya no solo para nuestro afectado “españolismo”, a nivel global, resulta poco edificadora y muy contaminante esa sonrisa cínica que se le ha dibujado al Sr. Mas en el rostro, capaz de camuflar el 3%, mostrando una inclinación insalubre y hasta venenosa por el independentismo.

Se ve que el problema del Sr. Mas no es la institucionalización del 3% o el saqueo reiterado de lo público, el papel de la familia Pujol, de su antiguo partido o de él mismo en ese demoledor asunto. Para el Sr. Mas, la única culpa que hay que dirimir en Cataluña es la de aferrarse a una identidad milenaria, frente a una España de donde, se ve, proceden todas las maldades.

¿Qué le ha sucedido realmente a la purificada burguesía catalana, Sr. Mas? Bajo esa sombra de decadencia no se descubre la defensa del derecho a decidir; mucho me temo que lo que usted hace se llama contaminar mucho. En concreto, el asunto del 3%, precisamente por constituir un delito en democracia, hace de su polución un agente especialmente corrosivo no solo para Cataluña.

Iba a concluir ahí, pero ayer el Secretario de Estado para la UE, el Sr. Toledo, definió de manera impropia y gravosamente insensible, dado el cargo de responsabilidad que ostenta, la tragedia de los emigrantes en el mar Mediterráneo. Bien por el Sr. Madina porque, cabalmente, despejó una repugnante nube venenosa, restituyendo la decencia y la dignidad frente a las despiadadas e inaceptables palabras de un ya más que inadmisible servidor público. Si la decencia imperara en nuestra democracia, y no la toxicidad, ese hombre tendría que haber sido destituido inmediatamente.

Teresa T. Rodríguez

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