• Teresa T. Rodríguez
  • Opinión
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El fenómeno Trump no puede concebirse como un accidente. “Salgan de la burbuja, para ver a todos esos estadounidenses en la miseria que están enojados con un sistema que los ha ignorado por años”. Son palabras del cineasta documentalista y escritor Michael Moore, que predijo la victoria de Trump, cuando todos los sondeos mediáticos y todas las apuestas, incluidas las de los mercados, indicaban lo contrario.

Probablemente, estamos ante la frase epilogal de un polémico Moore, pero su carácter comprimido no le resta cierto valor como indicio. Como tal, puede leerse en clave intuitiva del dilatado trasfondo social que sostiene la victoria política de Trump; claramente, un hombre ridículo en muchos sentidos, políticamente demasiado peligroso por su demagogia postmoderna, como por su particularísima inconsistencia ideológica.

“Saliendo de la burbuja”, hasta se pueden cambiar las nacionalidades. Así también el Brexit o el mismo auge de los nacionalismos xenófobos en Europa apuntalan procesos sociales relacionados, que van más allá de la perplejidad y preocupación que provocan, evidenciando sobre todo el grave desconocimiento que tienen actualmente las élites políticas y económicas de lo que está sucediendo bajo ellas, en el plano social.

Como ya ocurrió con el discurso a favor del Brexit, que los hechos no avalen la tesis, finalmente, es algo irrelevante. Es más revelador observar cómo las denominadas “ideologías del progreso”, fundadas en la abundancia material y el consumo, han venido generado una imagen falsa de la realidad.

Por eso, lo insólito del caso no es que un personaje como Trump arribe a la política, sino cómo es que esas mismas élites políticas y económicas, que han tomado decisiones y las siguen tomando, únicamente experimenten preocupación o una apoteosis en la perplejidad, frente a la multiplicación de acontecimientos políticos y sociales que no encajan con esas imágenes de progreso y abundancia, construidas al margen de lo real, y que ya trascienden incluso los parámetros económicos de consumo de bienes y servicios.

Básicamente, se dice que Trump es un demagogo. Lo es. Ha agitado irresponsablemente la poderosa maquinaria del miedo, ha apelado a lo visceral, ha creado un “enemigo” ilusorio sobre el que cargar las culpas de todo y ha manipulado las esperanzas de la población, simplificando su ascenso sobre la insostenible promesa de una américa blanca, grande y libre.

Ni tan siquiera resulta del todo acertado decir Trump ha operado como un potente catalizador del desencanto. El desencanto siempre es un término complejo y expresa cuestiones más hondas. Social e históricamente, emerge a partir de un abrumador deterioro en las condiciones de vida. Permanece en estado latente, hasta que empieza a ser visible, cuando se imponen los contrastes en el ámbito social.

El incremento del desencanto en occidente, sobre todo a partir de la última década, viene a coincidir con la operatividad voraz de un capitalismo desregulado, se relaciona con el aumento de las desigualdades, con la galopante precariedad laboral y salarial, con la falta de posibilidades reales en un mundo pródigo, está relacionado con la destrucción del tejido social, de los hábitats naturales y las comunidades humanas, tanto en un plano urbano como rural, a través de procesos globalizadores como la deslocalización o con el consiguiente proceso de vaciamiento que esa deslocalización produce en los lugares y en la vida real de las personas.

La complicidad de la política con ese economicismo ideológico y esa desregulación han venido provocando que nociones como las de “ciudadano-ciudadanía”, “democracia”, “leyes”, “derechos”, “abundancia”, etc., se cuestionen y, por tanto, dejen de ser elementos de cohesión social, pasando a ser percibidos como términos afectados por una cegadora corrupción lingüística, meros eufemismos de unas élites políticas y económicas que mantienen una visión acomodada del mundo, inaccesible o lejana sobre la realidad para todos los demás. Eso es lo mismo que afirmar que, en el plano social, sus asépticas cifras, pronósticos y proyecciones políticas y económicas se olvidan de las personas, siendo los efectos de sus propias decisiones los que degradan el mundo social donde esas personas desarrollan sus vidas.

Es esa ceguera la que engendra la perplejidad. Tras ella, la victoria de Trump no encaja con la mera sospecha de una agitación enloquecida, fanática o ilógica de la población que lo ha votado. Su victoria no puede ser analizada solo como un producto de los tiempos inciertos en los que vivimos.

Tampoco su arribismo emana del viejo problema de la vía democrática, que no es la primera vez que permite el paradójico ascenso al poder de un loco o de un tirano. Tampoco es una cuestión solo de circunscripciones electorales desfasadas y por reformar, ni de segmentos de población por edades, zonas geográficas o niveles educativos. Es mucho más que eso. Estamos ante un síntoma social al que no se le puede seguir haciendo oídos sordos.

Claramente, Trump no es una solución política. No va a traer prosperidad económica, ni social, ni tampoco histórica, como tampoco la traerán los nacionalismos xenófobos en auge, que ensombrecen una vez más el corazón de Europa.

Lo que sí es Trump, y lo que también supone la emergencia en Europa de esos neo-fascismos postmodernos, es la confirmación de algo que no ha hecho nada más que empezar.

Teresa T. Rodríguez

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